Cuento
Javier Solís
Monseñor… Monseñor… Título dulce, sonoro. Ojalá lo dijéramos siempre en francés, monseigneur, con su on nasal de la primera sílaba, mimoso e intimista, como susurrado al oído; la e abierta de la ei que suena a poder, a reconocimiento, a autoridad, a aristocracia; y su eu final cavernosa, alargada, que obliga a abrir la boca y a estirar los labios hacia adelante, solazándose en la lisonja, obsecuente, servil. Título del poder que nos dio el Espíritu Santo. Apacienta mis ovejas. Sé su pastor.
Monseñor. Un anillo y un gorrito morado. Un anillo en el anular derecho. Un roce sensual de los labios, acatamiento, sumisión, a la autoridad de Dios, por supuesto. ¡Cómo hace estremecer la autoridad de Dios toda nuestra sensibilidad y nuestro sistema nervioso, cuando unos labios se posan sobre nuestra mano y besan nuestro anillo! Pero monseñor es también este gorrito morado que cubre sólo la coronilla de la cabeza, el solideo. En la Antigüedad era un gorro de verdad para defenderse del frío de las iglesias congeladas en invierno. Hoy es un símbolo Símbolo religioso. Símbolo de que uno es obispo, monseñor. No sé por qué tantos obispos modernizados se esfuerzan por esconder el anillo y el solideo. Lo consideran ridículo y anacrónico. Todo lo contrario. Estoy seguro de que pronto habrá un teólogo que publicará una teología del anillo episcopal y del solideo. La teología del poder en la Iglesia. No sólo del solideo. Habrá una teología de la faja, los botones y los ojales morados de las sotanas de los obispos. Una teología de la sotana, de los distintos tipos y colores de sotanas: la negra, la blanca, la kaki, la púrpura. Y luego, la teología de la mitra, del báculo, de la cruz pectoral como esta que llevo al cuello, colgando de esta gruesa cadena. Cosas de Dios.
No sería mucho pedir. La religión y la Iglesia son símbolos. Son metáforas. Pero los esenciales son los de la autoridad. La Iglesia no es cualquier autoridad. Es La Autoridad, por encima de todas las autoridades. ¿Cómo no va a ser así si es la de Dios? Monseñor... monseñor… ¿Por qué empiezo a sudar? No hay nadie aquí. ¿Porque los papeles se invirtieron? ¿Por qué me encierro en este despacho? ¿Porque ahora extiendo yo la mano para que me besen el anillo? Aquel adolescente, que en el internado, lejos de mi casa de labradores del campo, se enjutaba en los pantalones a media pierna del uniforme el sudor abundante de las manos, cuando besó el anillo del obispo.Pero yo no quería ser monseñor. Fui al internado a los 12 años porque era la única manera de salir de la servidumbre de las tierras ingratas e improductivas. Pero pronto quise ser misionero. Tengo las manos empapadas. Me resbala el anillo, como si quisiera irse, salir volando ingrávido. Quería ser misionero, mártir, sacerdote en país de misión, quizá en África. ¿Tendría que vérmelas con negros caníbales? ¡Qué heroísmo! Pero no. Estoy en mi despacho de obispo, cómodamente instalado y, sobre todo, seguro y con poder. No fui nunca a África. Mis superiores me mandaron a América. Fraile pobre, pero sin exponer la vida. Y más aún. Fraile o cura, en América había ya una iglesia construida. Sólo había que ejercer la autoridad de Dios. Ya era poderoso. Pero tengo el sabor amargo en la boca de ser ahora cuestionado. Soy monseñor, pero soy descalificado.
Papeles invertidos. De exponer su vida uno pasa a extender la mano para recibir un beso de acatamiento. Este anillo se resbala. Estas manos ya no son las regordetas pero no muy grandes del trabajador de la tierra que fui en mi niñez. Se parecen a las de mi madre, callosas de fregar cacharros en la cocina y recoger la cosecha. No son las de mi padre, grandes y huesudas. Se me volvieron moles y delicadas. El sudor adelgaza mis dedos. Este sillón está tapizado en rojo, pero su incomodidad es lo único que tiene en común con la vida de convento. Allí no se miraba a la comodidad. Todo era de una austeridad dolorosa. ¡Qué curioso! No había cosas de sobra ni llamativas. Austeros y pobres, pero ¡qué armonía! La austeridad y el despojo dejaban espacio para el buen gusto, para el arte, para el espíritu. Este es un despacho ejecutivo. Espiritual no. Se llevan cuentas. Se hacen balances. Se administra.
La inversión comenzó cuando me di de narices con la autoridad ostensible. Era novicio. Llegó el obispo de la ciudad a ordenar de sacerdotes a dos de nuestros frailes. A mí me tocó llevar la mitra. ¿Sería premonitorio? ¿Habría en ello alguna señal? Cierro los ojos y lo veo llegar vestido de sotana morada, faja, medias de caña alta, solideo y bonete, sombrerito de forma cuadrada y tres picos redondos en los vértices de la copa. Todo ello rigurosamente morado. Es el color de los obispos. Todo de seda o de paño de lana y seda. Sobre el pecho, de un ojal especial, le colgaba la cruz pectoral de oro, engarzada de zafiros y diamantes. La cadena de gruesos eslabones de oro que la ataba, no la sostenía. Más bien caía en sendas parras laterales sobre el pecho. El Padre Maestro de Novicios era el maestro de ceremonias. Yo observaba reverente y también sudaba nervioso, como ahora. Pero sólo ahora me percato del por qué. Aparento seguridad, pero tengo miedo. Revivo el miedo de participar en aquel ceremonial deslumbrante, pero rígido y vacío. Ninguna emoción me invadió. Todo era mecánico. Equivocarse era como cometer un pecado mortal. Al obispo no se le movía un músculo de la cara. En la sala de visitas se cambió los zapatos de calle por otros de charol y hebillas de plata. Se puso una túnica de encajes blancos que le llegaba a la rodilla, el sobrepelliz. Sobre éste le pusieron la capa magna también morada, que tenía una cola de tres metros de largo, sostenida por otro novicio. Y todavía sobre esa capa, otra de armiño, que sólo le cubría los hombros. Guantes también morados.
Nos encaminamos todos en procesión rodeando el claustro, hasta la iglesia. Yo me repetía a mí mismo, como un ritornello: no quiero ser como ese obispo. Quiero ser misionero pobre, casto y obediente. Mientras caminaba, el obispo repartía bendiciones con su mano derecha enguantada y otro anillo ceremonial con una gran amatista y con su escudo episcopal labrado en los laterales de la montura. Con su izquierda sostenía el báculo pastoral de oro y plata. Me puse tenso al sentir debajo del hábito, en todos mis músculos, la paradoja que me invadía, entre aquella ostentación que me parecía mundana y ofensiva y mi firme voluntad de ser misionero. El sudor comenzó a humedecer el humeral de seda verde con que sostenía la mitra. ¡Dios mío! ¿Habrá también obispos de estos en África? Señor, yo quiero ser misionero, predicar tu palabra, dar testimonio de tu amor por todos los seres humanos. Como vamos a ser pobres, porque todo lo que tengamos se lo vamos a dar los negros africanos, yo creo que no podremos comprar estos vestidos y esas joyas.
Sólo después descifré el enigma y comprendí cuál era mi misión. ¡Este anillo me queda definitivamente flojo! No sé por qué no ceso de darle vueltas nerviosamente. Ya no soy un novicio ingenuo y cándido. Inmaduro, digamos. La verdad comenzó a aparecerme ese día que llevé la mitra en esa misa pontifical. Yo iba unos dos pasos atrás del compañero que alzaba la cola de la capa magna. Me di cuenta de que no cantaba las salmodias, como todos los demás, porque estaba absorto en lo brillante e insólito de la ceremonia. Me parecía deslumbrante en comparación con el despojo del convento. Había decidido hacerme fraile para ser misionero, practicar el voto de pobreza, de castidad y de obediencia. ¿Era aquella escena, minuciosamente ejecutada, de verdad un acto de culto a Dios? A medida que transcurría la liturgia comencé a ver en ella a la autoridad. La autoridad de Dios que se manifiesta y se ejerce de manera que los pueblos la perciban y la acaten.
Abramos un poco las ventanas para que corra el aire. Este despacho no es muy amplio. ¿Por qué será que no flota el mismo espíritu de los espacios del convento? Recordar aquella ceremonia me aprieta el pecho. Aunque ahora ya no sea el novicio soñador sino un depositario de la autoridad y amigo de poderosos. Ahora sé que no importa la falta de armonía de este sillón tapizado en damasco rojo con el resto del mobiliario, con esa lámpara pseudobarroca en el techo, las paredes pintadas de celeste, los sofás imitación de cuero y la mesa de centro con un florero de flores plásticas. Todo lo empeoran esas reproducciones llenas de polvo de la Inmaculada de Murillo y del Cristo de Velázquez en las paredes. Lo único que tiene sentido aquí es el óleo del escudo episcopal que me regaló un pintor aficionado. Quizá sudo por estar en este despacho sin dignidad, vulgar. Pero llegará el momento de construir uno nuevo, que represente el esplendor de la tradición católica. Un despacho como el de los Palacios Apostólicos en el Vaticano. Un nuevo y verdadero palacio episcopal.
En aquella ocasión tenía 18 años. Flacucho. Nadaba en un hábito negro usado por otro fraile anteriormente, que recogía en la cintura con un cinto de cuero. El escenario de la misa del obispo transformó el presbiterio de nuestra iglesia conventual en una sala del trono de un rey renacentista. La autoridad del obispo. La autoridad de Dios. El trono se erguía sobre una tarima de tres gradas forrada en una alfombra roja, al lado izquierdo del altar. Al Obispo, sentado en el trono, el Padre Maestro arrodillado en la primera grada le cambió sus zapatos por unas cáligas de seda con ribetes dorados de color verde, color de la liturgia de ese día, que le cubrían los pies y la pantorrilla. Luego unas sandalias del mismo color y también de seda. Sucesivamente una túnica de encaje de lino blanco hasta los tobillos, ajustada a la cintura con un cordón verde; dos dalmáticas de seda con encajes de oro en los bordes, y la casulla ricamente recamada y bordada. Cada ornamento era traído al trono en una bandeja de plata por los novicios, que al llegar se ponían de rodillas y besaban el anillo del obispo. Guantes del mismo color con una amplia solapa sobre el antebrazo. Al final, la mitra bordada, cuyo borde comenzaba a absorber el sudor inusualmente abundante de mis manos. No pude evitar un recuerdo de las clases de historia sobre el ceremonial diario de vestición de Luis Catorce, el rey sol. Era el ceremonial del poder. Allí se manifestaba la plenitud del orden sacerdotal del obispo. Atar y desatar. Perdonar o condenar. Declarar la verdad o la falsedad, lo moral y lo inmoral. Santificar o condenar. Apretaba la mitra con el humeral y me repetía: la autoridad de Dios, el poder de Dios. Al finalizar la misa se había disipado la paradoja. Sólo me invadía el deslumbramiento.
¿Sacerdote? ¿Fraile pobre? ¿Misionero en un pueblo miserable? ¿Cómo predicarles a Jesús muerto y resucitado sin hebillas de plata, ni bonetes ni solideos de seda, ni cáligas, ni sandalias ceremoniales, ni báculos ni mitras, ni cálices, ni patenas de oro? El realismo se impuso con el tiempo. Ser misionero es llevar a Dios a los pueblos, hablar en su nombre. Hoy sé que eso no se hace sin recursos. Cuando faltan, la Providencia mueve la conciencia de alguna viuda generosa, de algún inversionista necesitado de protección divina o de un banquero o político que pida bendiciones. Así ha sido por siglos. Por eso la Iglesia siempre ha tenido bienes. Ha heredado a viudas o solteronas ricas. Ha tranquilizado a algún avaro con el cielo mediando jugosas donaciones. Hasta ha legitimado regímenes políticos, a veces despóticos o criminales, a cambio de reconocimiento social, de exención de impuestos, de rentas permanentes, de patrocinio del adoctrinamiento del pueblo.
No fui a África. Ahora soy obispo. Me dicen monseñor. Mis amigos se reparten en los estratos más poderosos de este país, en los partidos políticos, los que cuentan; en el fútbol, en los medios de comunicación. Hoy hablamos otro lenguaje, somos más modernos. Sigo sudando y hasta me tiemblan las manos porque mi perplejidad de entonces y mi ingenuo rechazo se repite en muchos de mis sacerdotes. Tengo problemas con algunos sacerdotes. No han entendido cuáles son los métodos actuales de hacer presente el cristianismo. Todos aquellos capisayos no eran más que el mensaje y la fuerza de la presencia de la Iglesia. ¿Por qué me señala la prensa con un dedo acusador? ¿Por qué no me reconocen los sacerdotes?
Tengo que hacer valer la autoridad de Dios. Autoridad inclusive por encima de cualquier otra autoridad de este mundo. Los obispos somos elegidos por el Espíritu Santo. Si este anillo me queda grande, lo cambiaré por otro. En la designación de los obispos el monopolio del Espíritu Santo lo tiene sólo el Papa, que actúa mediante la Curia Romana, aunque los teólogos aleguen que el Espíritu Santo lo tienen todos los creyentes. Sin la Iglesia no hay cristianismo. Sin jerarquía no hay iglesia. Para mantener esa iglesia son necesarios medios. Inclusive medios financieros. Desde el emperador Constantino ha funcionado así y así debe seguir funcionando. El dinero de la Iglesia es para su mantenimiento y para sus obras. Es una mano invisible. Es la mano de Dios, que tampoco se ve como la del mercado de Adam Smith. Y nosotros los obispos somos los administradores. Si no tuviéramos medios no contaríamos en la sociedad. Seríamos ignorados. Ya no hay guantes ni cáligas. Ahora hay inversiones, depósitos a plazo, bonos soberanos. Ya no se cobran tributos sobre las tierras feudales. Hoy hay intereses. Hay productividad. Hay ganancias de capital.
Ya veré qué les digo a esos sacerdotes. Me preocupa más la prensa. No sabemos por qué algunos se han puesto en contra nuestra. Yo siempre les he dado confianza y llaneza. Pero he pedido a mi secretario que cuente bien las limosnas de las misas de estos domingos y comparen el nivel de ingresos. Quiero comprobar si el escándalo de las inversiones en Panamá y los préstamos a unos mafiosos italianos -¿estarán ligados a la Logia Propaganda Dos?- y los otros errores de nuestro Administrador han tenido efecto en los fieles. Estoy ansioso, pero no puedo darlo a entender. Todo debe hacerse con extremada discreción, contando, por supuesto, con el secreto bancario, la amistad de las autoridades bancarias y judiciales.
La gente que va a misa y da limosnas sigue creyendo en nosotros porque en el fondo tenemos las llaves del cielo. ¿A dónde quieren ir sino al cielo? Las limosnas son su seguro social y su póliza de vida. Por eso decía aquel cura viejo que el Purgatorio era la gran finca de la Iglesia. De ella vive. En el fondo, con escasas excepciones, no hay conversión a Dios. Hay la compra de un seguro. El Infierno asusta. Así se lo hemos enseñado nosotros. Porque es cierto, además. ¿No hay hoy falsos profetas que fundan iglesias, sectas y centros de culto porque son infalibles fuentes de ingresos generosos? Nosotros somos los verdaderos, por supuesto. Pero ellos nos superan en la administración y multiplicación de la generosidad de los creyentes. No falta un pastor metido a político que venda su voto de diputado y no falta quién lo pague. Se convierten en las iglesias de la prosperidad, para el pastor, sin duda. Nosotros estamos obligados a más discreción. Somos, por decirlo así, la aristocracia de la administración del dinero. No somos vulgares. Todo se hace con elegancia, sin publicidad, sin escándalo.
El calor me sofoca. ¿Hace calor o es mi nerviosismo? Mandaré a instalar un aparato de aire acondicionado en este despacho, para estos ratos de soledad en los que no distingo si hablo en voz alta, si rezo o simplemente pienso. Cualquier ejecutivo de segunda o tercera tiene hoy aire acondicionado en su oficina y éste es un despacho importante. Digamos que es el despacho de Dios mismo. Más le doy vuelta a mi situación, más ansioso me pongo, más sudo, más me turbo. Sigo con este tic nervioso de darle vueltas al anillo en el anular derecho. No puedo parar. Claro, éste no es como el de aquel obispo. Este es una chapuza de orfebrería barata que pretende reproducir mi escudo de armas. El escudo es importante porque es la imagen de la jurisdicción territorial. Lo mismo que en la Edad Media. Era la patente para recaudar rentas en el feudo. Y ese óleo del escudo es también barato. Tengo que cambiarlo para el nuevo palacio episcopal.
Debo demostrarle a los sacerdotes y a los fieles que el tratamiento del dinero es así desde la cúpula misma de la Santa Sede. El Sermón de la Montaña dice que no hay que acumular ni guardar, pero el Código de Derecho Canónico regula el funcionamiento de las instituciones financieras de la Iglesia e inclusive estimula a crearlas. Ya no hay que elegir entre Dios y el dinero, como dice el Evangelio. Acumulamos dinero. Las parroquias, las diócesis, las comunidades religiosas de monjas y de frailes, los religiosos individualmente, los sacerdotes y hasta obispos y cardenales tienen sus depósitos en esas instituciones porque es una administración segura. Es dinero bien cuidado. Sólo fatales accidentes como el del Banco Ambrosiano y del banquero Roberto Calvi, que en 1983 hicieron perder dos mil millones de dólares a la Santa Sede. Obra de masones. La Logia Propaganda Dos. Liccio Gelli, su gran maestro. Pero en general son operaciones financieras de la máxima seguridad, como el edificio de apartamentos de lujo llamado Watergate, donde estalló el escándalo del espionaje político y las mentiras del Presidente Nixon. Era una inversión del banco Vaticano. Por suerte se pudo vender en medio del escándalo, porque lo importante es no dar escándalo. Eso fue lo que pasó en el caso del Ambrosiano. No se pudo evitar el suicidio o ejecución, -no ha habido nadie interesado en llegar a saber la verdad- de Roberto Calvi. Apareció colgando en el Black Frayers Bridge de Londres. No me cabe la menor duda de que algún amigo influyente ayudó a ocultar la verdad sobre el caso, para hacerle un favor a la Santa Sede. ¿Cuánto costaría? No lo sé. Porque para eso nosotros tenemos amigos influyentes e importantes en todos los países. Cobran su comisión, por supuesto. Pero hay que evitar los escándalos. No benefician a nadie e inquietan al pueblo fiel.
Ahora comprendo por qué para administrar el dinero la Santa Sede tiene un banco internacional. Claro no se llama banco. Tiene un nombre piadoso. Se llama Instituto para las Obras de Religión. ¿Cuáles son estas obras de religión? Pues primordialmente el mantenimiento de los ingentes gastos del Estado Vaticano. Es un estado que tiene un rey de autoridad absoluta, como las monarquías anteriores a la Revolución Francesa. Tiene una corte constituida por cardenales, arzobispos, obispos, monseñores; tiene más de 150 embajadores que lo representan ante casi todos los estados de la tierra y son el vehículo del mando centralizado de la Iglesia Católica. Por eso estoy tranquilo sobre mis iniciativas financieras. Aquí mismo en la cabecera de mi diócesis tengo gente del más alto nivel en el Poder Judicial y en el Gobierno. Me inquieta la prensa porque uno no sabe a qué intereses responde. Pero me duele perder la confianza de los sacerdotes. Al fin y al cabo ¿por qué me hice fraile? ¿por qué acepté el voto de pobreza? No quiero perder el sentido de mi vida. Y si todavía fuera el cura frustrado del Journal d’un curé de campagne de Georges Bernanos o el jesuita víctima de la pandemia en La peste de Albert Camus, de cuya fe ya nadie daba garantía. Pero no. Ninguno de los dos cambió un ápice su estilo de vida ni arrastró a nadie a la traición ni se traicionó a sí mismo. Al contrario. Eran curas ejemplares, admirados, queridos. Sin embargo yo estoy siendo descalificado. La prensa busca escándalos interesados. Los sacerdotes se alimentan de otras teologías y cuestionan el modo de ejercer la autoridad. Los otros obispos simplemente vuelven la mirada para otro lado y sienten sus manos ardiendo con las brasas de los errores cometidos por los que teníamos a cargo la administración financiera. Nadie se solidariza conmigo. Estoy prácticamente solo. Tengo miedo. No sé cómo voy a terminar.
Han sido errores. Errores inducidos. ¡Tan santito nuestro administrador de confianza! Auténtico mayordomo infiel. De esos existían hasta en tiempos de Jesús. Se estaba beneficiando del dinero de la Iglesia y abusando de nuestra confianza. Claro, los jugosos intereses nos ciegan, nos hacen perder la cabeza. Murió. ¿Habrá ido al cielo para poder preguntarle cuando lleguemos, porque nosotros vamos a llegar, por qué nos traicionó? El dinero nos gusta. El poder del dinero nos embriaga. Las ganancias millonarias nos marean.
¡Qué sofoco! ¡Agua! Necesito un vaso de agua. Pero esta agua no apaga el incendio que llevo dentro. Se me ha hecho una ampolla en el anular derecho de tanto darle vueltas al anillo. ¿Por qué me señalan a mí, si no he procedido en forma distinta a la Santa Sede? Nos han acusado penalmente y los fiscales están llevando a cabo una investigación judicial. ¡Pero si nuestras operaciones han sido para propósitos religiosos! Tenemos socios conocidos, solventes e influyentes. Nuestro único delito es haber sido discretos. Así tiene que ser. Éste no es un asunto de fieles o curas y menos de opinión pública.
El escándalo de las inversiones sigue su curso. No sé cómo terminará. Pero en este momento ya no es el dinero de la Iglesia lo que agita las aguas. Ahora es otra historia. Ahora está de por medio mi propia reputación personal y yo espero que no pase de la reputación, que no involucre mi cargo, mi condición de obispo diocesano, como pretenden algunos. ¿Cómo iba yo a saber que el extranjero ese a quien le transferí ciento cincuenta mil dólares se había fugado de un hospital en otro país, estando ya bajo arresto, por orden judicial? ¿Qué me va a pasar si se comprueba que efectivamente estafó varios millones de euros y que lavaba dinero? ¿A dónde quedaría mi pregonada y pública amistad con él? ¿Me convertiría en cómplice? ¿Cómo me jugué mi prestigio personal ante las autoridades de migración metiendo las manos al fuego por él? Satanás o el dinero lo ciegan a uno. Tengo que componer bien toda la historia. No puedo aceptar haber mentido, menos a autoridades judiciales internacionales. Por el momento quedan a salvo los otros obispos, que han aceptado que esos ciento cincuenta mil dólares eran mis ahorros personales y no capital de la Conferencia Episcopal, abusivamente sustraído, como han insinuado algunos. ¡Quién me va a creer que un fraile con voto de pobreza y luego obispo de una diócesis pobre tenga ahorros personales por ciento cincuenta mil dólares!
No de fraile pobre, porque no manejaba dinero, ni de obispo porque sumas tan grandes no son fruto de las limosnas de los fieles realmente piadosos. ¿De dónde sacaría un obispo, que es fraile, ciento cincuenta mil dólares de ahorros personales? Tampoco puedo, por supuesto, aceptar públicamente que eran dinero del mismo extranjero que ahora es mi socio y protegido, porque puede ser dinero sucio. Me convertiría en lavador de dinero sucio. Un portavoz de la autoridad de Dios convertido en lavador de euros.
Ya he hecho circular la especie de que en realidad es la herencia de una religiosa que me los confió. ¿Pero cómo lo justifico si cualquier monja está sometida al Derecho Canónico por sus votos y por lo tanto obligada a entregar sus bienes a su comunidad religiosa? ¿Cómo puedo yo ser cómplice de una violación al Derecho Canónico? ¡Qué calor! ¡Qué sudor! ¡Qué confusión! Lloro de rabia. Fraile casto, pobre y obediente. Me doblega de rodillas esta angustia. ¿No han hecho otros lo mismo? ¿Por qué me descalifican? ¿Por qué quieren que me vaya? Soy una víctima. De rodillas imploro luz para no perderme para siempre, en la oscuridad del dinero.
¿No quería yo ser mártir? América tiene muchos obispos mártires asesinados por dictaduras y cuerpos policiales. ¿No quería yo morir en esa África profunda entregado a los negros por amor al Evangelio? Narcotráfico. Monseñor. Lavado de dinero. Monseñor. Prestamista. Monseñor. Inversionista. Monseñor. Codicia. Monseñor. Solideo morado. Monseñor. Avaricia. Monseñor. Cruz pectoral. Monseñor. Padrino. Monseñor. Mitra. Monseñor. Sotana morada. Monseñor. No apacientes mis ovejas, Monseñor.