De homosexuales, matrimonios y familia


Un proyecto de ley que pretende dar seguridad jurídica a la unión de dos personas del mismo sexo ha levantado un debate, sobre todo en la comunidad evangélica. El pastor evangélico diputado Guyón Masey, el del soborno de 90 millones, promovió una marcha de unos miles personas con el sello de la Alianza Evangélica Costarricense “contra la homosexualidad”. Esta misma organización pagó un espacio en un diario para exponer sus motivos. En estas Provocaciones se recogen varias piezas de ese debate.

Lo mismo hizo la Conferencia Episcopal (católica) de Costa Rica. Emitió un comunicado de prensa tomando posición en contra de los objetivos del proyecto de ley.

Ambas organizaciones jerárquicas se limitaron a esgrimir argumentos filosóficos y jurídicos. Ni una sola cita de los Evangelios u otros escritos bíblicos. Tampoco una reflexión teológica o pastoral. No hablan como pastores religiosos, sino como políticos.  Se declaran defensores de la familia y el matrimonio tradicionales. Se apoyan en “la tradición” para justificar su concepción de que el homosexualismo es un pecado y debe ser reprimido. Lo mismo que la lepra en tiempos de Jesucristo.

El 15 de marzo de 2005 se aprobó en España una ley de igualdad de género. En esa ocasión, un plumífero nacional anunció “la destrucción apocalíptica” de la sociedad contemporánea a causa del cambio legal.. De ese contexto son las siguientes reflexiones:

Lo primero que hay que anotar es que la reciente ley española sobre los matrimonios entre homosexuales no es el efecto de una moda ni de una liviandad. Es una manifestación más de una mutación social en curso, ya muy avanzada en los países con mayor desarrollo social. Representa la superación pura y simple de una discriminación, de una desigualdad en razón de la orientación sexual. En España, como entre nosotros, más que en países de tradición anglosajona, mujeres y hombres se han tenido que esconder, reprimir y violentar para no ser discriminados, escarnecidos, marginados, agredidos por esa razón. Apestados y maldecidos por Dios. Ciudadanos de segunda.

A ello, por supuesto, contribuyeron las iglesias cristianas con su catalogación moral de la homosexualidad como pecado. La jerarquía católica, que conservó una mayor influencia en países de tradición latina, todavía excluye oficialmente a los homosexuales como tales del Reino de Dios. Muchos clérigos salen en defensa del matrimonio y la familia, aunque de vida de pareja sepan poco y lo que saben lo sepan de forma furtiva. Salen a la calle a defender el matrimonio monogámico, pero no se casan y tienen que esconder a sus amantes.

Es cierto que el derecho positivo europeo recogió en la ley la figura monogámica del matrimonio. El primer reconocimiento moderno de los derechos de las esposas tomó forma jurídica en el Código Civil de Napoleón.  Pero no fue precisamente porque el patriarcado, ya desde la cristiana Edad Media, creyera en la santidad del matrimonio ni en la fidelidad conyugal a sus esposas. Fue con el prosaico y mundano propósito de asegurarse la legitimidad de un heredero varón –las hembras no eran bienvenidas- y un mecanismo de transmisión de los bienes, así como la tutela de la condición subalterna de la mujer. Algunas vistieron el hábito religioso para poder liberarse de la dominación patriarcal. El matrimonio siempre fue una transacción mercantil. El amor a lo Romeo y Julieta tuvo carácter excepcional y no acompañó a los contrayentes en forma natural hasta bien entrado el siglo XX.

Es cierto, por lo tanto que esa institución matrimonial, en cuanto meramente procreativa y subordinadora, queda abolida con la reciente legislación española. Más acorde con la evolución moderna de los derechos humanos,  la ley de marras rescata tres dimensiones de la unión de pareja ante la autoridad pública: la libertad del acto, la igualdad recíproca y la voluntad de mutua protección, independientemente del sexo ambos. A nadie se le viola ningún derecho y en cambio se les reconoce a otros lo que se les negaba. Se supera un dogmatismo y una irracionalidad. No sólo se puede convivir para procrear. La realidad antropológica de las relaciones de pareja en la sociedad contemporánea será más diversificada, más rica, más respetuosa, más decente. Quizá eso mismo nos ayude a aceptar también a los musulmanes que, menos hipócritas, son polígamos, como nuestro padre Abraham.

Y si nos vamos al plano teológico no llegamos a pisar terreno más firme. Siempre podemos refugiarnos en la fantasía de los célibes clérigos, pero no nos valdrá de mucho. La “familia” de Jesús era irregular. El esposo de su madre no era su padre,y, por si algo faltara, su madre era virgen “antes del parto, en el parto y después del parto”, dice el dogma. El mito de la virginidad es superior al de la maternidad en la tradición católica (Mt.19,10-12; 1Cro.7,15-16; 11,28). Un buen noventa y nueve por ciento de las “santas” declaradas son vírgenes.

En el Antiguo Testamento no existe palabra en hebreo ni en griego para lo que nosotros conocemos como “matrimonio” institucional. Existe “alianza”, que la formalizaban en privado los padres de los novios, mediante el pago de la dote. El amor prácticamente no intervenía, ni la novia. Casarse era algo así como comprar una vaca o un objeto, con la diferencia que el precio lo pagaba la misma vaca.

En el Nuevo Testamento, Jesús, Juan Bautista o Pablo no parecieron valorar en mucho el matrimonio –o la familia, que es lo que hoy moviliza a los cristianos conservadores- porque permanecieron solteros. Muchos textos desalientan del matrimonio y Pablo francamente lo presenta como simple “remedio de la concupiscencia” (Mt 19,10-12; 1Cor 1,7-8, 15-26, 32-34; Lc 17,27 Mc 12,25 par.; Lc 14,20). Hay, además, una apología del celibato voluntario (Mt. 19,20.29). Por otra parte, la familia no es una categoría bíblica ni Jesús pareció ser muy hogareño desde los doce años. Su “madre y sus hermanos” eran sus discípulos (Mt. 12, 46-50).

La categoría que refieren los textos es “tribu” o “casa” a las que están unidos valores como la cantidad de hijos, la autoridad del padre o el antivalor de las hembras. Cualquier elaboración doctrinal posterior ha sido sublimación idealista, sin base sociológica. De modo que no veo de dónde se nutre tan aguerrida defensa religiosa del matrimonio y de la familia tradicional y qué base tiene el anuncio de la destrucción apocalíptica de la sociedad contemporánea.

El núcleo familiar formado por el padre proveedor y autoritario, la madre reproductora, servidora (cocinera, planchadora, lavandera, limpiadora) y  sumisa y los hijos obedientes, propio de una sociedad estática, no existirá nunca más. El divorcio ha sido la institución más revolucionaria en toda la historia social. Liberó a la mitad de la humanidad del dominio a que la sometía la otra mitad físicamente más fuerte. El patriarcado se resiste con uñas y dientes y ahora con puñales y pistolas, a un ritmo de una a tres mujeres asesinadas por semana, en España o en Costa Rica.

¿Matrimonios? ¿Familias? ¿Parejas? Habrá distintos tipos, basados en el respeto, la libertad de las personas- también de las mujeres, el reconocimiento de la diversidad, la capacidad de entrega, de amor, de amparo muto, de superación del egoísmo. Algunos querrán tener hijos, otros sólo disfrutarán de su cuerpo, de la compañía recíproca, de su sexo. La orientación sexual no se transmite por contagio. No es una perversión. ¿No son capaces los homosexuales de la ternura, la entrega, la dedicación que necesita un niño o una niña para crecer sin traumas? ¿Preferimos tener a esos niños hacinados en los “albergues” del Pani, en manos de funcionarios, heterosexuales sí, pero sin amor ni esperanza?

Hay otras amenazas sobre la humanidad, sin embargo, por las que los defensores de la familia y el matrimonio no se movilizan. Otras mutaciones sociales que se nos quiere imponer. Están orquestadas por organizaciones millonarias que actúan internacionalmente. Estas mutaciones son otros valores: la guerra preventiva para apoderarse del petróleo, la tortura, el traslado de supuestos terroristas a países torturadores, la penalización de la migración, la impunidad ante la Corte Penal Internacional,  la rentabilidad máxima del capital por encima del trabajo, del ambiente y de la vida.



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Publicado: 04 Aug 2008
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